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Chile: de fonda por Santiago de Chile

Una fonda consiste en lo que en España llamaríamos quizás una feria, en el sentido andaluz de la palabra. O más bien, un conjunto de casetas de una feria metidas en un sólo techado…

Hay actuaciones musicales, se baila, hay puestos de venta de dulces, artesanía y pequeñas atracciones de feria. Y por supuesto, se come y se bebe. A veces bastante: durante las Fiestas Patrias no es raro ver en los noticieros locales en TV menciones a altercados y robos. Las autoridades llaman a la moderación en el consumo, tanto en la dieta como en el alcohol. Sobre todo en el alcohol. Para que los chilenos no se ofendan si leen esto, les aclararé que el botellón de aquí produce estragos similares, pero todos los fines de semana…

En todo caso, parece que el ambiente depende mucho de la fonda a la que uno vaya. La idea inicial era ir a la Jane Fonda, original nombre. Pero cuando recogemos a uno de los amigos de Rosa, Alberto, sus vecinos nos recomiendan otra diferente e incluso nos ceden algunas entradas (no me canso de dejar aquí muestras de agradecimiento a la amabilidad de los chilenos).

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Así que allí nos vamos. Me sorprendió ver que la fiesta acababa tan pronto, apenas a las once de la noche. Luego, el taxista que nos llevó de vuelta nos contó que había fondas de día y fondas de noche, y que habíamos estado en una fonda de día. Tuvimos el tiempo justo de comernos una parrillada (sin «interiores» osea, libre de entrañas varias. Una carne jugosa y deliciosa que me hizo pensar en lo que a veces se pierden mis amigos vegetarianos) y de pedir lo que allí llaman «Borgoña con frutilla» donde el borgoña es en realidad una sangría y las frutillas son fresas. La combinación no está nada mal y el trago entra suave. Entretanto, disfruto y mucho de la conversación con Alberto, un jovencísimo directivo español que lleva apenas un año en Santiago.

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Alberto demuestra don de gentes y conversación amena. Comparte la misma tristona sensación que me quedó de Buenos Aires, ciudad que él ha visitado también recientemente. Comentábamos que el ambiente en la fonda tampoco estaba muy animado. La música era lenta y melancólica, nadie bailaba, algunos se animaban a corear los tristes estribillos, como entre susurros. La familia que teníamos sentada al lado no cruzó palabra en toda la noche. Y los puestos de artesanía que quedaban en el interior estaban también vacíos.

Lo más interesante fue comprobar la diferente percepción que tenían de Chile los contertulios que nos acompañaban esa noche. Me divertía y me intrigaba ver la diferente actitud de los que tenían bajo su responsabilidad laboral a empleados chilenos. Había quien se sorprendía de su aparente falta de iniciativa, de algunos casos fragantes de deslealtad (faltar al trabajo con cualquier excusa, para luego tropezar con tu jefe en la calle, mientras estás sacando unos pesos tirando las carta a los transeúntes). Había quien aplicaba un marco de referencia europeo para quejarse de ciertas actitudes, y había quien se preocupaba de contrastar las condiciones de vida de sus subalternos para intentar comprender ciertos comportamientos que aquí nos parecerían injustificables en un marco laboral. Así, hay quien comprende que los que viven en calles sin asfaltar lleguen tarde, o directamente no puedan llegar a trabajar si ha llovido mucho por tener sus calles inundadas, o por que se les caía el tejado de la casa. O comprendían que alguna vez una mujer no había podido presentarse en su puesto por haber sufrido maltratos de su pareja la noche anterior. Una vez más, un problema en muchos casos vinculados al alcoholismo…

Unas notas de realidad de primera mano también forman parte de conocer más acerca del país.

Amabilidad y derroche de cortesía, apatía y tristeza, fiestas melancólicas y abusos de alcohol, de todo esto y mucho más habrá no sólo entre las gentes de Chile, sino en tantos otros lugares, incluido el que consideramos nuestro…

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