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Cata de Vino en Viña Concha y Toro, Chile

Si en el anterior post os explicaba la visita a Bodegas Viña Concha y Toro (en Pirque, a una hora de Santiago de Chile) en este os contaré la cata guiada que tuvimos en el mismo sitio. Debo aclarar que yo no soy, en ningún sentido, un experto en vinos. Me interesa el tema, vivo cerca del Penedès y me gusta disfrutar de una buena copa de vino. Pero soy apenas un aficionado y lo digo sin falsa modestia. Quizás acierte a distinguir un Don Simón de un buen Ribera, pero no me pidáis mucho más. Por eso, seguramente, me lo pasé tan bien en esta cata, por que aprendí cosillas que me harán degustar mejor el vino en próximas ocasiones. Y todo gracias a la sommelier Kerstin Strandberd. Gracias Kerstin.

Para esta cata nos llevaron a la sala Don Melchor, un lugar en el que se conservan todas las cosechas desde 1987 hasta 200. Probamos cuatro vinos de la gama Marqués de Casa de Concha. Para que tengáis una referencia, son vinos que cuestan unos 10.000 pesos la botella, unos 15 euros. Os describiré lo que contaba Kerstin, sus sugerencias de maridaje y mis sensaciones de cada uno de los cuatro vinos…

1) Chardonnay 2008. Este vino se hace con uvas del Valle de Limari, un lugar más bien frío, cerca del Pacífico, donde las nieblas del verano hacen que la uva madure despacio. El vino pasa once meses en barricas de roble francés (que trata el vino mejor que el roble americano). La fermentación tiene lugar también en roble francés. Catorce grados… Notas de piña, pera y minerales (yo me quedo con que cierto saborcito de fruta notaba, algo común a muchos blancos, pero si lees hasta el final verás que la piña apareció)

2) Merlot 2007 de la zona de Peumo, apenas a dos horas al sur de donde estábamos. Es una zona con suelos arcillosos. Un rojo rubí intenso (para distinguir bien el color, no se mira la copa al trasluz tal cual, sino que se inclina un poco sobre fondo blanco para ver el color en la circunferencia que dibuja el vino, apenas unos milímetros de profundidad sobre la copa). Nos explican que el rubí es una tonalidad propia de vinos jóvenes, los vinos de más edad son más oscuros. Olor de mora, caramelo y madera. Me quedé con el detalle del caramelo, yo no lo percibía, luego veréis porqué. El merlot es una uva menos ácida y más cremosa que otras variedades para tinto, por lo que combina bien con quesos cremosos y resulta ideal para fondues. Catorce meses en barrica de roble francés.

Ya que miramos el color del vino, podemos ver también la “lágrima“, el rastro que deja en el perfil de la copa cuando la devolvemos a su posición vertical. Una lágrima espesa que tarda en volver al vino denota más azúcar, más glicerina, y por lo tanto, una mayor graduación alcohólica.

3) Carmenere 2008. El 95% de esta uva está en Chile. Se confundía con el merlot hasta su redescubrimiento en 1994, cuando los expertos distinguen diferencias en las hojas de la parra. Tras 16 meses en barrica, muestra menos notas de madera y más de fruta, y un color más violáceo que el merlot. Más ácido que el anterior, el carmenere resulta ideal para carnes, para combinar con platos donde la presencia de hierbas aromáticas es notable, o con guisos con cebolla. Por eso va bien con la cocina chilena: recordar que el “pino” es carne y cebolla. También marida bien con pescados grasos en caliente, un rasgo común con vinos con buena acidez: recordemos que al atún o al salmón se le suele acompañar de elementos ácidos como el limón o las alcaparras. Este es uno de esos vinos que apetece seguir bebiendo, que se van descubriendo poco a poco.

4) Cabernet Suavignon de 2008. Viene de Puente Alto, en el valle del Maipo. Catorce meses en barrica de roble francés le dan un tono muy agradable a este vino. El cabernet en general es menos violeta, pero ofrece más matices al olfato (para quien se entretenga en percibirlos). Nos explican que el cabernet tiene un aroma llamado mentol, no por lo mentolado sino por lo fresco. Marida bien con sabores fuertes, pues despierta de nuevo las papilas gustativas: el cabernet nos “limpia” el sabor de la comida, arrastrando las grasa, para disfrutarla de nuevo con el siguiente bocado.

Tras probar los cuatro vinos, la atenta Kirsten recordó mi frustración al no percibir en absoluto el caramelo del merlot, y me invita a volver a él: para mi sorpresa, sólo con olerlo me recordó el olor del toffee. No quiero presumir de buen olfato, mentiría, es sólo que la comparación entre vinos y la oxigenación al tenerlos en la copa unos minutos hacen, según me explica la sommelier, que nos sea más sencillo ver matices nuevos. Claro, nuestros sentidos comparan y buscan diferencias, encontrando cosas que de no tener una referencia para comparar se nos escaparían. De la misma manera, al volver a probar ahora el Chardonnay son mucho más evidentes las notas de frutas, y aunque a mi la pera se me escapa, la piña está ahí, haciéndome ver que con un poco de paciencia y con una buena guía, esto de las catas va más allá del esnobismo de los que quieren darse ínfulas y se convierte en un juego muy interesante.

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