Crónicas

Uluru, una montaña sagrada en el centro de Australia

En mi relato de la vuelta al mundo me quedé en Sydney, Australia. Desde allí, la siguiente parada fue un lugar lleno de espiritualidad y uno de los paisajes naturales más bonitos que puedan verse: Uluru.

Uluru es el nombre que los Anangu, los aborígenes australianos que viven en el Northen Territory de Australia, han dado siempre a lo que los blancos llamaron Ayers Rock. Se trata seguramente del monolito más grande de la tierra, una preciosa montaña en medio de una planicie, un lugar sagrado para los Anangu. Uluru es una única pieza de roca, sin rupturas, que mide 3.6 Km de largo, 9.4 km de circunferencia y se eleva 348 metros sobre la llanura.

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Pese a lo imponente que resulta, no es el punto más alto de la zona. Una de las formaciones rocosas de los cercanos montes Olga (Kata Tjuta para los Anangu) mide 546 metros de alto. Seguramente, las vistas desde arriba deben ser alucinantes, pero por todas partes te explican que aunque nadie te lo impide, subir no es adecuado, por que los que llevan viviendo allí miles de año lo consideran poco respetuoso hacia sus creencias, y por que además resulta bastante más peligroso de lo que parece y ellos se sienten responsables si te haces daño allí. No sería la primera vez que se mata algún aspirante a montañero (van 30 víctimas), lo que no deja de ser una de las muertes más estúpidas que pueda uno tener: caerte de un lugar al que te han dicho que subir es una falta de respeto para la forma humana de vida más sostenible que queda en el planeta y que lleva en esa tierra desde que el hombre es hombre. Aquí te lo explican mejor:

El parque nacional de Uluru-Kata Tjuta tiene 1.325 kilómetros cuadrados, que acogen 24 especies de mamíferos nativos, 161 de pájaros y 566 especies de flora. Sorprendente para lo que a ojos de un turista ignorante parece un desierto.

Para ir a Uluru desde Sydney hay vuelos que te dejan en el pequeño aeropuerto de Connellan. Allí nos recogían los autobuses que nos acercarían al hotel Voyages Desert Gardens, cercano a la montaña. Honestamente, me sentí un poco raro en un hotel lleno de turistas en un lugar tan especial (bueno, a unos 20 km.), y saber de los esfuerzos para minimizar el impacto ecológico que hacen en el hotel no me llego a disipar esa sensación de culpabilidad. El 25% de la recaudación de las entradas del parque (cuestan 25 dólares australianos) van a las comunidades aborígenes y el 75% se queda en el Department of Environment & Heritage para mantener el parque. Pese a todo, uno se siente un usurpador cámara en ristre, como si no debiera estar allí, seguramente por que durante los pocos días que estuvimos en al zona fueron muy pocos los Anangu con los que me crucé. Como soy de darle vueltas al eterno dilema entre el que viaja y el que recibe el impacto del viajero me da por pensar en estas cosas y luego por verme también como un eurocéntrico paternalista por ello, pero cada uno arrastra su pedrada como puede, ¿no?

En todo caso, es bueno saber que la agencia propietaria del hotel tiene un acuerdo con la Mutitjulu Foundation, entidad dedicada a luchar contra la pobreza de las poblaciones aborígenes, proveerles de escuelas y de equipamientos sanitarios. A los turistas nos cargan con un extra de apenas dos dólares australianos para la fundación, que se suman a otros dos que aporta la agencia. Bueno. Seguramente los Anangu estarían mucho mejor si Australia no se hubiera colonizado por los europeos o si no les hubieran fastidiado bastante durante décadas…

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Una de las experiencias más bonitas que he vivido viajando fue estar cerca de la montaña antes del amanecer, ver salir el sol reflejándose en Uluru y luego dar un paseo alrededor de esta montaña tan especial, solo en casi todo el trayecto, y admirar en silencio las formas tan especiales de este lugar mágico. No quisiera sonar ni cursi ni místico, pero os aseguro que se nota la energía y la carga de significado de la roca… Os lo cuento en el próximo post.

Situación en el mapa

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