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18. Ago, 2010

Cata de Vino en Viña Concha y Toro, Chile

degustacion concha y toro

Si en el anterior post os explicaba la visita a Bodegas Viña Concha y Toro (en Pirque, a una hora de Santiago de Chile) en este os contaré la cata guiada que tuvimos en el mismo sitio. Debo aclarar que yo no soy, en ningún sentido, un experto en vinos. Me interesa el tema, vivo cerca del Penedès y me gusta disfrutar de una buena copa de vino. Pero soy apenas un aficionado y lo digo sin falsa modestia. Quizás acierte a distinguir un Don Simón de un buen Ribera, pero no me pidáis mucho más. Por eso, seguramente, me lo pasé tan bien en esta cata, por que aprendí cosillas que me harán degustar mejor el vino en próximas ocasiones. Y todo gracias a la sommelier Kerstin Strandberd. Gracias Kerstin.

Para esta cata nos llevaron a la sala Don Melchor, un lugar en el que se conservan todas las cosechas desde 1987 hasta 200. Probamos cuatro vinos de la gama Marqués de Casa de Concha. Para que tengáis una referencia, son vinos que cuestan unos 10.000 pesos la botella, unos 15 euros. Os describiré lo que contaba Kerstin, sus sugerencias de maridaje y mis sensaciones de cada uno de los cuatro vinos…

1) Chardonnay 2008. Este vino se hace con uvas del Valle de Limari, un lugar más bien frío, cerca del Pacífico, donde las nieblas del verano hacen que la uva madure despacio. El vino pasa once meses en barricas de roble francés (que trata el vino mejor que el roble americano). La fermentación tiene lugar también en roble francés. Catorce grados… Notas de piña, pera y minerales (yo me quedo con que cierto saborcito de fruta notaba, algo común a muchos blancos, pero si lees hasta el final verás que la piña apareció)

2) Merlot 2007 de la zona de Peumo, apenas a dos horas al sur de donde estábamos. Es una zona con suelos arcillosos. Un rojo rubí intenso (para distinguir bien el color, no se mira la copa al trasluz tal cual, sino que se inclina un poco sobre fondo blanco para ver el color en la circunferencia que dibuja el vino, apenas unos milímetros de profundidad sobre la copa). Nos explican que el rubí es una tonalidad propia de vinos jóvenes, los vinos de más edad son más oscuros. Olor de mora, caramelo y madera. Me quedé con el detalle del caramelo, yo no lo percibía, luego veréis porqué. El merlot es una uva menos ácida y más cremosa que otras variedades para tinto, por lo que combina bien con quesos cremosos y resulta ideal para fondues. Catorce meses en barrica de roble francés.

Ya que miramos el color del vino, podemos ver también la “lágrima“, el rastro que deja en el perfil de la copa cuando la devolvemos a su posición vertical. Una lágrima espesa que tarda en volver al vino denota más azúcar, más glicerina, y por lo tanto, una mayor graduación alcohólica.

3) Carmenere 2008. El 95% de esta uva está en Chile. Se confundía con el merlot hasta su redescubrimiento en 1994, cuando los expertos distinguen diferencias en las hojas de la parra. Tras 16 meses en barrica, muestra menos notas de madera y más de fruta, y un color más violáceo que el merlot. Más ácido que el anterior, el carmenere resulta ideal para carnes, para combinar con platos donde la presencia de hierbas aromáticas es notable, o con guisos con cebolla. Por eso va bien con la cocina chilena: recordar que el “pino” es carne y cebolla. También marida bien con pescados grasos en caliente, un rasgo común con vinos con buena acidez: recordemos que al atún o al salmón se le suele acompañar de elementos ácidos como el limón o las alcaparras. Este es uno de esos vinos que apetece seguir bebiendo, que se van descubriendo poco a poco.

4) Cabernet Suavignon de 2008. Viene de Puente Alto, en el valle del Maipo. Catorce meses en barrica de roble francés le dan un tono muy agradable a este vino. El cabernet en general es menos violeta, pero ofrece más matices al olfato (para quien se entretenga en percibirlos). Nos explican que el cabernet tiene un aroma llamado mentol, no por lo mentolado sino por lo fresco. Marida bien con sabores fuertes, pues despierta de nuevo las papilas gustativas: el cabernet nos “limpia” el sabor de la comida, arrastrando las grasa, para disfrutarla de nuevo con el siguiente bocado.

Tras probar los cuatro vinos, la atenta Kirsten recordó mi frustración al no percibir en absoluto el caramelo del merlot, y me invita a volver a él: para mi sorpresa, sólo con olerlo me recordó el olor del toffee. No quiero presumir de buen olfato, mentiría, es sólo que la comparación entre vinos y la oxigenación al tenerlos en la copa unos minutos hacen, según me explica la sommelier, que nos sea más sencillo ver matices nuevos. Claro, nuestros sentidos comparan y buscan diferencias, encontrando cosas que de no tener una referencia para comparar se nos escaparían. De la misma manera, al volver a probar ahora el Chardonnay son mucho más evidentes las notas de frutas, y aunque a mi la pera se me escapa, la piña está ahí, haciéndome ver que con un poco de paciencia y con una buena guía, esto de las catas va más allá del esnobismo de los que quieren darse ínfulas y se convierte en un juego muy interesante.

19. Jun, 2009

Chile: Colorado y el pisco sagüer en la nieve

Chile: Colorado y el pisco sagüer en la nieve

Al día siguiente de la excursión Curacaví-Viña del Mar-Valparaíso tenemos de nuevo un día despejado. Tras dar cuenta del desayuno, Rosa nos recoge para ir a una de las estaciones de esquí de Los Andes: El Colorado.

cronicas viajeras colorado

Apenas saliendo de Santiago de Chile encontramos la carretera que nos llevará a las pistas, carretera que en pocos kilómetros se convierte en una pista estrecha, asfaltada, con unas curvas realmente impresionantes, de las que van girando 180º y ganan varios metros con sólo encarar el giro. En total son 48 curvas cerradas y numeradas, las que en poco más de hora y media nos dejan en la nieve.

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Una curiosidad tanto de esta carretera como de algunas calles de Santiago es que son de un solo sentido, y que ese sentido cambia a lo largo del día. Por ejemplo, la carretera que lleva a las pistas de esquí de El  Colorado es sólo de subida hasta eso de las 16h., y entonces se supone que es sólo de bajada. Digo que se supone por que hay quien ejecuta excepciones que no tienen ninguna gracia. El sistema de un solo sentido variable se comprende al comprobar que en algunos tramos, y muy especialmente en las curvas, no cabrían dos coches en pararelo. Y no todos los embragues aguantarían una marcha atrás hasta encontrar un hueco donde ceder el paso, quizás varias curvas más arriba o más abajo…

Una vez en la estación, conocemos a unas amigas de Rosa, una chilena y una catalana (los catalanes somos una especie de plaga, estamos en todas partes) y tomamos el sol entre pisco y pisco. La altura y los ultravioletas juegan malas pasadas a los desprevenidos: Patri acabó con la sombra de las gafas de sol tan marcada en la cara que la bautizamos como “mapachito” hasta que la llegada a la Polinesia (nuestro siguiente destino tras Chile) le igualó el color. (En la foto, sujetando su empanada y la mía: doblemente empanada circunstancialmente y por una buena causa)

cronicas viajeras colorado empanada pino

Impresiona ver a grandes aves, supongo condores, sobrevolando a buena altura las pista y los valles. Supongo condores por que si a esa distancia se aprecia una envergadura tan grande no estamos hablando de aves pequeñas…

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(Disculpas por la mala calidad de la foto, la óptica que usé no me daba para mucho más, pero espero que por la silueta y las puntas en las alas alguien me pueda confirmar si estamos ante el mítico cóndor andino)

Para cuando llegamos a El Colorado es septiembre, la primavera se abre paso en Chile y la nieve se funde con rapidez, quedando en las pista tramos o muy duros o muy blandos…

Santiago de Chile, como tantas otras ciudades, tiene un problema de contaminación importante vinculado directamente al tráfico. Desde El Colorado es fácil ver como a medida que avanza el día, una neblina cada vez más espesa cubre el valle en el que está la ciudad. La progresión es espectacular: entra la primera y la segunda foto apenas pasaron dos horas y cinco minutos. A este tamaño no sé si aprecias que en la primera aún se ven los edificios, o más bien un barrio tras la primera loma. En la segunda imagen ya no…

cronicas viajeras colorado

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Adoptamos como medida de tiempo vacacional la unidad “pisco sagüer más empanada de pino“, de largo pero apetecible nombre, y unas cuantas unidades más tarde, volvemos al centro para descansar un rato antes de salir a visitar una fonda por la noche…

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19. Jun, 2009

Chile: Curacaví, chicha y empanada de pino

Chile: Curacaví, chicha y empanada de pino

Amaneció despejado, azul y brillante, un día perfecto para ir hasta el mar.

Desde Santiago de Chile, Rosa puso rumbó a Valparaíso, haciendo primero una parada en el pueblo de Curacaví. Allí probamos la chicha y las empanada de pino.

Curacaví es un pequeño pueblo, dispuesto a lo largo de una carretera y enclavado en las faldas de una montaña. Apenas una plaza con un parque donde está la iglesia y llamativos carteles electorales. Rosa lo elige por haber visto en televisión que son especialistas en la producción de chicha, y además nos pilla de camino entre Santiago y Valparaíso.

cronicas viajeras curacavi

cronicas viajeras curacavi 2

cronicas viajeras curacavi

cronicas viajeras curacavi

La chicha viene a ser un mosto de vino a medio fermentar. Tiene el sabor dulzón del mosto, y aunque no logramos averiguar su graduación alcohólica, seguro que algo sube. Nos encantó, y comprobamos que los chilenos se abastecían con botellas de litro traídas desde casa, como antiguamente en España se hacía con el vino a granel y como en algunas bodegas sirven hoy aún algunas bebidas. En mi etapa madrileña tenía una de esas bodegas justo delante de casa, donde compré el anís para intentar mi propio pacharán, con más pena que gloria.

El señor que atendía el establecimiento Chicha Duran -100 años de tradición- de Curacaví (una caseta de madera con un precario techado que alberga algunas mesas y grandes tinajas semi enterradas) nos cuenta amablemente que la chicha aguanta unos días si se mantiene fresca y si no le da la luz. Rosa propone el frigorífico, pero el señor sugiere que es mucho mejor enterrar la botella (señalando las tinajas casi vacias) alegando que enfriar demasiado la chicha no es buena idea. No me imagino a Rosa enterrando botellas de chicha en las jardineras de su precioso y chic apartamento en Santiago, pero reconozco que tal escena sería digna de un youtubazo.

cronicas viajeras curacavi 4

La empanada de pino es en realidad una jugosa empanada que contiene un sofrito de carne (presumo vacuno) y cebolla. Está deliciosa y la de Curacaví no será la única en caer…

Las vimos en todas partes y son muy populares: como podéis comprobar en la Wikipedia, la empanada de pino es todo un símbolo nacional.


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