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07. Nov, 2011

Bonfim, barrio y basílica, todo un símbolo en Salvador de Bahía

cintas en bonfim cronicas viajeras

Viniendo de Riberia paseando por la avenida que recorre el mar, llegarás a Bonfim, uno de los barrios más interesantes de Salvador de Bahía. Y siguiendo en línea recta desde Ribeira y la Basílica de Nosso Senhor de Bonfim llegarás a Montserrat, con más iglesias coloniales y una playa muy popular. Teniendo en cuenta que vivo prácticamente a los pies de la Montserrat catalana, ni que decir tiene que me acerqué a ver la Montserrat brasilera.

Indudablemente, el polo de atracción más interesante de esta zona es la Basílica de Nosso Senhor de Bonfim, tienes que verla aunque no te entusiasmen los templos. Se trata de una edificación colonial neoclásica con fachada rococó (ahí queda eso), cuya construcción se inició en 1745 y se terminó en 1772. Todo un símbolo para los bahíanos, que le dedican una procesión en la Festa do Senhor de Bonfim, en enero. Seguro que paseando por la ciudad habrás visto multitud de pequeñas cintas de colores en todas partes. Y por poco que tengas pinta de turista, te habrán colocado ya alguna: la tradición dice que la cinta ha de anudarse con tres nudos, mientras quién la recibe pide un deseo por cada nudo. Los deseos se cumplirán si la cinta acaba deshaciéndose en tu muñeca (o allí donde la hayas anudado). Como puedes ver en estas fotos, la misma Iglesia está llena de estas cintas, especialmente en la verja que la rodea. Cuando la brisa marina las mueve un poco, la visión es realmente bonita.

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El interior de la basílica alberga una importante colección de arte en cuadros y azulejos, pero quizás lo más llamativo sea la “Sala dos Milagres“, una habitación cercana al altar mayor donde los bahíanos y bahianas han ido dejando ex-votos, ofrendas hechas en agradecimiento a un favor recibido. Los hay a miles, algunos muy bonitos y otros ciertamente tétricos. Figuras que representan el órgano enfermo del que se pedía sanación, fotos de personas que sanaron, o imágenes más impresionantes de operaciones, cicatrices y cánceres. Más allá del morbo que te puedan despertar estas imágenes, lo que a mi me vino a la mente en esa sala es la cantidad de dolor, de sufrimiento y al mismo tiempo de esperanza que hay en la sala. Cuan desesperado ha de estar alguien para rezar con fervor pidiendo alivio, y para volver a dejar un ex-voto luego, una vez aliviado. Un breve vistazo a este rincón de la basílica impresiona…

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Para seguir el paseo nosotros optamos por recorrer paseando la Rua Imperariz, que se dirige de nuevo al mar y te deja al lado de Montserrat y Boa Viagem. La iglesia de Nossa Senhora da Boa Viagem estaba cerrada, pero siendo viajeros como somos, que menos que acercarnos a verla.

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Altar de Nosso Senhor do Bonfim

Frente a su fachada, una vista muy poco espiritual: coches con los portaequipajes abiertos, atronando al personal con la música que salia de los potentes equipos del maletero del coche, bahianos tranquilos bailoteando y bebiendo cerveza, y en frente, una estrecha lengua de arena formando una breve playa, abarrotada. En esta zona de Brasil no habitual no es desplegar toallas en la arena para tumbarse como hacemos aquí, sino tomar posesión de mesa y sillas de los bares cercanos y tener siempre una buena cerveza en su cooler. Parece que de eso se trata aquí: de saber vivir bien, de buscar los buenos ratos con la familia y loa amigos, de aprovechar la ventajosa naturaleza brasilera, y tener en buen lugar a los santos y templos (católicos o africanos, o mejor aún juntos en el candomblé) por si acaso…

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Nossa senhora da Bom Viagem

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Cintas al viento en la verja de Bonfim

06. Nov, 2011

Ribeira, la costa norte de Salvador de Bahía

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Si Barra es el extremo sur de Salvador de Bahía, Ribeira es el extremo norte. Se trata de un barrio costero, con barcas de pesca varadas en la arena, playas agradables y buenos y baratos lugares donde comer pescado fresco. Casas mucho más sencillas que las que podrás ver en el centro o en Barra, se trata de un barrio mucho más humilde.

Llegar es sencillo, hay autobuses que salen desde la Praça Cayru (enfrende del Mercado Modelo, en Baixa) que te llevarán directamente. Por cierto, un detalle sobre los autobuses: se entra por la puerta trasera, donde un cobrador y un torno controlan el acceso. Considerando la mampara que separa el torno y al cobrador del resto del pasaje, lo estrecho del torno y el volumen del trasero de los pasajeros suelen producirse situaciones cómicas (una señora que no cabe, una falda que el torno levanta, las creativas excusas para intentar pasar sin pagar…). La cuestión es que el trayecto te va a demostrar enseguida que no te diriges precisamente a la zona más acomodada de la ciudad: veras los centros comerciales de Atacados (mayoristas) y escenas no muy turísticas en días festivos, donde los indigentes se acomodan y se buscan la vida como pueden.

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En todo caso, en Ribeira verás playas que no están nada mal, restaurantes a pie de playa con buenos precios y muchas posibilidades en cuanto a pescado (en restaurantes o en pequeños puestecitos donde lo fríen en abundante aceite de palma, allá tú y tu colesterol).  Nos dio la impresión de que aquí luce la vida más popular y quizás más genuina del bahiano de a pié. Bien vale unas horas de paseo. Nosotros fuimos hasta la última parada del autobús para luego ir recorriendo la línea de playa, por la Avenida Beira Mar, que te mostrará la Praia do Bugaro y te acerca hasta la Basílica Nosso Senhor do Bonfim, de la que hablaremos en el próximo post.

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Tuvimos la ocasión de conocer a todo un personaje implicado en la vida social y cultural del barrio, don Moyses Cafezeiro, un señor que hizo gala de la hospitalidad bahíana: estaba yo fotografiando la fachada de su casa, que me pareció muy bonita, y se asomó a la ventana para invitarnos a pasar y tomar unas cervezas con su familia. Tras la sorpresa inicial, resultó un momento de lo más agradable, ya que Moyses ha sido un gran viajero, ha podido recorrer mucho mundo trabajando precisamente en la promoción turística de Salvador de Bahía. En la Avenida Beira Mar, Moyses estaba ya a punto de inaugurar un precioso y acogedor local que nos mostró, se llamará Latino de Maré. Si pasas por allí, no olvides saludarlo de mi parte, te caerá bien.

Así es la casa de Moyses, Latino de Maré - crónicas viajeras

La verdiblanca es la facha de Latino de Maré

Moyses nos opuso los dientes largos explicándonos las maravillas de Salvador de Bahía que nosotros no tendríamos ya tiempo de ver, pues al día siguiente salíamos para Lençois. Me quedé con muchas ganas de ver la isla de Itaparica, enfrente de su casa… La próxima vez será, así hay excusa para volver a esta ciudad.

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Playa en Ribeira, con Bonfim al fondo

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10. Sep, 2011

Barra, la punta sur de Salvador de Bahía

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La mejor forma de llegar a Barra desde el Pelourinho es en autobús. Hay muchos que van en esa dirección, no tiene pérdida. Puedes cogerlos en la calle Vassouras, en frente casi del Palacio do Rio Branco. El autobús atraviesa básicamente la avenida Campo Grande, que parece propia de un barrio popular, para luego recorrer la avenida Sete de Setembro (importante fecha, independencia de Brasil), que va mostrando residencias de aire colonial y condominios que quieren parecer lujosos (y que seguramente lo fueron en los 70 u 80). Estos condominios son más frecuentes a medida que nos acercamos al Farol de Barra.

Nosotros bajamos en Morro do Cristo, una pequeña colina que entra en el mar, presidida por una estatua de Jesús. Ofrece una buena vista de la playa que va hasta el faro. Desde allí, fuimos andando bordeando el mar para ver qué tal era la zona.

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Estatua que corona el Morro do Cristo

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Vista de las playas de Barra desde Morro do Cristo

El Farol alberga el Museo marítimo, y desde sus laterales se ve el frontal de la ciudad al mar y las playas que van apareciendo en dirección al centro de la ciudad. Entre de las, dos fuertes que en su día defendieron de barcos sospechosos lo que en la época fue la zona antigua de Salvador de Bahía.

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Uno de los antiguos fuertes de Barra

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Quizás fuimos “fuera de temporada” o en un día con poco movimiento, pero honestamente no hay mucho interesante que ver por Barra. Edificios de apartamentos con cierto aire decadente, restaurantes que ofrecen sobre todo pescado y cangrejos. Periódicamente aparacen hordas de turistas al asalto del faro, que son abordados a su vez por vendedores de todo tipo de baratijas, en lucha desigual por hacerse bien con la foto, bien con unos cuantos reales…

Más interesante es el otro extremo de la ciudad: Bonfim y Ribeira. Os lo cuento en breve.

30. Ago, 2009

Nadando con las pastinacas de Moorea

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Tras ver en acción las mandíbulas de los tiburones puntas negras, Bruno puso rumbo a un segundo “feeding spot” con un fondo de arena blanca sobre el que las aguas toman un tono turquesa paradisíaco, esta vez a una profundidad de poco más de un metro. En pocos segundos aparecen siguiendo la estela del bote una docena de pastinacas (Sting Ray). La mayor puede que llegará al metro de diámetro.

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Antes de bajar al agua, instrucciones de seguridad: podemos tocar las rayas (vamos a llamarles así, pero no las confundamos con las manta raya, que ya me hubiera gustado poder ver a estos grandes animales), pero el contacto ha de ser siempre en su parte superior, nunca por debajo (por que ahí está la boca del bicho) ni agarrando la cola (donde tienen un aguijón que podría darnos un buen susto).

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Las rayas se muestran confiadas, curiosas, y se dejan hacer. Su tanto es suave, como de goma, siendo más rugosa la piel cercana a los bordes de sus alas. A Patricia le pareció que era como tocar setas shitake recién sacadas del frasco de conserva.

Nos quedamos un buen rato jugando con las rayas. Bruno me pasó un trozo de pescado y, manteniéndolo en el puño, las pastinacas te siguen. Se te suben casi, alguna hasta te daba empujoncitos. El olor a comida…

Las pastinacas no tienen dientes, pero si una gran capacidad de succión, que les permite por ejemplo comer moluscos. Las había visto en una memorable inmersión nocturna en La Restinga (Hierro, Islas Canarias) pero no llegué a poder tocarlas allí.

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Tras el baño con las rayas, nos llevan a un “motu“, un pequeño islote, donde pasamos el resto de la tarde. Se nos sirve una humilde pero más que suficiente barbacoa en una playa poco profunda, donde también aparecen pastinacas.

A ojo desnudo, entre las rocas de coral dispersas en la playa, peces de las mismas familias descritas en la playa del hotel que te hacen sentir como en una pecera tropical.

cronicas viajeras motu moorea

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En el viaje de vuelta, el barco avanza con viento en contra, lo que provoca que nos mojemos bastante. Al principio es divertido, pero luego echamos mano de las toallas. Cuando llegamos al hotel, tenemos tiempo de tomar una ducha antes de que nos recojan para ir al aeropuerto. El ratito de espera nos da para enviar postales (claro que sí, en los tiempos del sms y del e-mail, recibir postales con sello hace ilusión).

Enseguida llegamos a Papeete, y antes de acostarnos pronto (nos recogían a las 3:30 de la madrugada: conducía una chica brasileña que se mosqueó considerablemente por el retraso de otros turistas, y nos llevó finalmente dejándolos a ellos en tierra), volvemos a cenar en el japonés del hotel, donde el maestro del teppanyaki nos hace pasar un buen y muy nutritivo rato…

Poco después, pondríamos rumbo a Nueva Zelanda para continuar con nuestra Vuelta al Mundo

12. Jul, 2009

Bajando al agua con los tiburones en Moorea

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La última excursión en Moorea fue realmente espectacular. No sólo por los paisajes y la oportunidad de estar todo el día disfrutando del mar, sino por la cercana visión de las rayas y los tiburones

Nos recogen en nuestro hotal para llevarnos en furgoneta a uno de los embarcaderos de la Bahía Cook, donde embarcamos en el barco de excursiones de Hiro, que viene a ser un cruce entre un catamarán sin vela y las golondrinas del puerto de Barcelona.

Pese a que su nombre es japonés, Hiro parece un francés de ojos claros con sentido del humor británico y la soltura hablando en público y mezclando idiomas propia de quien lleva repitiendo las mismas gracias mucho tiempo. Consigue, eso sí, despertar algunas risas, yo me lo pasé bien. Me recordó mucho al actor Stephen Fry.

Hiro nos enseña algunas palabras en la lengua de Tahití. Por ejemplo, “Ia Ora” viene a ser “Buenos días”, “Ia Ora Na” podría entenderse como Bienvenidos, aunque el sentido literal se asemeja más a “entra en mi casa” (qué mejor expresión de bienvenida, ¿no?). Nos explica también que antes de la llegada de los europeos, los isleños solían alimentar a peces todos los días en el mismo sitio, de manera que pescarlos luego se convertía en algo fácil. Así pues, la primera parada sel barco al salir de la Bahía Cook se nos vende como el “feeding spot” de la familia de Bruno, el orondo patrón. Digo “se nos vende” porque una empresa competidora hace exactamente el mismo recorrido. Quién sabe, quizás el otro patrón es familiar de Bruno…

Rumbo a la primera parada, un velero anclado en la Bahía…

cronicas viajeras moorea velero

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Llegados al “feeding point”, en la laguna de coral y con una profundidad de apenas un par de metros, Bruno da instrucciones claras: bajaremos al agua, nos cogeremos al cabo que mantiene anclado el bote y nos dejaremos mantener a flote con el cuerpo siempre a la izquierda del cabo: a la derecha, apenas a unos tres metros, empiezan a aparecer tiburones de arrecife de puntas negras, devorando la carnaza que les va dosificando Bruno. Con máscaras de buceo vemos el espectáculo en primer plano…

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cronicas viajeras moorea tiburon

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En la superficie del agua, las gaviotas se disputan los pedazos que afloran a superficie.

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Cabe decir que los tiburones, aunque nadan muy cerca de nosotros, no muestran el menor interés por nuestras jugosas piernas y sabrosos brazos, pese a que más de uno de apresura a volver al barco en cuanto empiezan las dentelladas…

Estuvimos un buen rato en el agua, y cuando se acabó la carnaza, nos dirigimos a un segundo “feeding point” esta vez para tocar a grandes pastinacas, similares a las rayas (sting ray) y de la misma familia que los tiburones…

26. Jun, 2009

Moorea: una ratito de playa por favor…

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Hotelazo en Moorea, sin palabras. El Sofitel de la isla es sencillamente uno de los lugares más bonitos donde me haya podido hospedar. Trato exquisito, amabilidad y cortesía, paisajes de postal, tranquilidad, buena comida en una terracita bien cuidada, a pie de mar, con la vista del arrecife y de Tahití enfrente… Un bungalow de lo más coqueto con una cama comodísima y enorme, a un pasito de la playa…

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Al principio nos dio pena no estar en un palafito, esos bungalows construidos sobre las aguas turquesas, pero luego comprobamos que disponíamos de más espacio, más tranquilidad y menos ruido si cabe en nuestro bungalow con terracita al jardín y amplios ventanales (digo nuestro por que si se despistan, de allí no nos echan :-)

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En la playa, es curioso comprobar como con el agua apenas en la cintura pueden verse claramente (el agua es totalmente transparente) los mismos peces que pueden verse haciendo esnórquel cerca del arrecife. No es sólo que los pececillos no nos teman, es que parecen mostrar curiosidad y juego, si es que este concepto puede aplicarse a los peces.

En pocos minutos, si uno permanece sin chapotear, da la impresión de que tienes los pies en un acuario. Me ha parecido ver peces que he visto también buceando en el Mar Rojo, me pregunto si es posible… Prescindo de transcribir al blog las notas sobre los colores y las formas de los peces que tomé en su día, no creo que nos vayan a servir para identificar especies…

La primera mañana en la isla la dedicamos a disfrutar tranquilamente de tan especial lugar. Por la tarde llegaría la primera excursión…

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26. Jun, 2009

Polinesia: cena y desayuno en Tahití

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Volando desde la Isla de Pascua llegamos por la noche del 21 de septiembre a Tahití. El hotel disponía de un restaurante japonés con muy buena pinta donde un verdadero showman del teppanyaki nos hizo olvidar del todo el resquemor por no haber visto la Isla de Pascua. Acrobacias con los ingredientes menos “nobles” de la mesa (ver los huevos volar de su mano a su gorro, del gorro a la paleta, de la paleta al bolsillo, del bolsillo a la mesa…), palas que vuelan y aterrizan con precisión, una buena botella de vino y una cena excelente.

Al día siguiente, desayuno fracés en el precioso restaurante junto a la playa, una estructura de madera y hojas de palma enorme, para tomar un buen café con el sonido de las olas y el trinar de pájaros, viendo el mar turquesa ante nosotros… Y muy cerca, la isla de Moorea, nuestro destino inmediato…

Estábamos pasando del invierno de Buenos Aires y la casi primavera de Santiago de Chile al tan apetecible veranito en la Polinesia

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Y justo tras el desayuno, hacía Moorea


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