Con este primer vídeo estreno la sección “Asómate aquí“, una colección de vídeos grabados al azar desde la ventana de la habitación que ocupe en el hotel donde esté. Este es de una mañana al azar desde la ventana de una habitación en Studio de Carmo, en el barrio del Pelourinho en Salvador de Bahía, Brasil.
Los Anangu hablan un idioma que suena realmente precioso que se llama Pitjantjatjara. Tuve la ocasión de escuchar un poco en el centro Cultural de Uluru y en la guía de visitantes figuran algunas palabras… Los que conocéis mi curiosidad por el lenguaje entenderéis que publique este post
En la siguiente lista, tened en cuenta que la “pronunciación aproximada” está pensada para angloparlantes, en la pronunciación que haría un inglés al leerlas… Poned el acento en la primera sílaba.
Pitjantjatjara Pronunciación Significado
Anangu Arn-ang-oo Pueblo del desierto occidental australiano
atunymankuntjaku ar-toon-mun-koon-jark-oo Cuidar
Inma in-ma Danza, ceremonía (si conoceís a alguna Inma…)
Itjanu/inuntji e-jan-oo/e-noon-jee Flor
Nganana ngan-arn-a Todos nosotros
Palya parl-ya Hola, adiós, gracias y fin (obligatoria)
Piranpa perr-an-pa Gente blanca (osea, tú y yo)
Uluru Ool-or-roo Nombre de este monolito
Waakaripai wark-karr-i-pay Trabaja todo el tiempo (un workaholic, no?)
Wiya wee-ya No
Mejor escuchar un poco , ¿no? Aquí un viajero intentándolo:
Una canción:
Y un interesante proyecto acerca de cómo explicar historias a través del arte (en inglés y en Pitjantjatjara)
En mi relato de la vuelta al mundo me quedé en Sydney, Australia. Desde allí, la siguiente parada fue un lugar lleno de espiritualidad y uno de los paisajes naturales más bonitos que puedan verse: Uluru.
Uluru es el nombre que los Anangu, los aborígenes australianos que viven en el Northen Territory de Australia, han dado siempre a lo que los blancos llamaron Ayers Rock. Se trata seguramente del monolito más grande de la tierra, una preciosa montaña en medio de una planicie, un lugar sagrado para los Anangu. Uluru es una única pieza de roca, sin rupturas, que mide 3.6 Km de largo, 9.4 km de circunferencia y se eleva 348 metros sobre la llanura.
Pese a lo imponente que resulta, no es el punto más alto de la zona. Una de las formaciones rocosas de los cercanos montes Olga (Kata Tjuta para los Anangu) mide 546 metros de alto. Seguramente, las vistas desde arriba deben ser alucinantes, pero por todas partes te explican que aunque nadie te lo impide, subir no es adecuado, por que los que llevan viviendo allí miles de año lo consideran poco respetuoso hacia sus creencias, y por que además resulta bastante más peligroso de lo que parece y ellos se sienten responsables si te haces daño allí. No sería la primera vez que se mata algún aspirante a montañero (van 30 víctimas), lo que no deja de ser una de las muertes más estúpidas que pueda uno tener: caerte de un lugar al que te han dicho que subir es una falta de respeto para la forma humana de vida más sostenible que queda en el planeta y que lleva en esa tierra desde que el hombre es hombre. Aquí te lo explican mejor:
El parque nacional de Uluru-Kata Tjuta tiene 1.325 kilómetros cuadrados, que acogen 24 especies de mamíferos nativos, 161 de pájaros y 566 especies de flora. Sorprendente para lo que a ojos de un turista ignorante parece un desierto.
Para ir a Uluru desde Sydney hay vuelos que te dejan en el pequeño aeropuerto de Connellan. Allí nos recogían los autobuses que nos acercarían al hotel Voyages Desert Gardens, cercano a la montaña. Honestamente, me sentí un poco raro en un hotel lleno de turistas en un lugar tan especial (bueno, a unos 20 km.), y saber de los esfuerzos para minimizar el impacto ecológico que hacen en el hotel no me llego a disipar esa sensación de culpabilidad. El 25% de la recaudación de las entradas del parque (cuestan 25 dólares australianos) van a las comunidades aborígenes y el 75% se queda en el Department of Environment & Heritage para mantener el parque. Pese a todo, uno se siente un usurpador cámara en ristre, como si no debiera estar allí, seguramente por que durante los pocos días que estuvimos en al zona fueron muy pocos los Anangu con los que me crucé. Como soy de darle vueltas al eterno dilema entre el que viaja y el que recibe el impacto del viajero me da por pensar en estas cosas y luego por verme también como un eurocéntrico paternalista por ello, pero cada uno arrastra su pedrada como puede, ¿no?
En todo caso, es bueno saber que la agencia propietaria del hotel tiene un acuerdo con la Mutitjulu Foundation, entidad dedicada a luchar contra la pobreza de las poblaciones aborígenes, proveerles de escuelas y de equipamientos sanitarios. A los turistas nos cargan con un extra de apenas dos dólares australianos para la fundación, que se suman a otros dos que aporta la agencia. Bueno. Seguramente los Anangu estarían mucho mejor si Australia no se hubiera colonizado por los europeos o si no les hubieran fastidiado bastante durante décadas…
Una de las experiencias más bonitas que he vivido viajando fue estar cerca de la montaña antes del amanecer, ver salir el sol reflejándose en Uluru y luego dar un paseo alrededor de esta montaña tan especial, solo en casi todo el trayecto, y admirar en silencio las formas tan especiales de este lugar mágico. No quisiera sonar ni cursi ni místico, pero os aseguro que se nota la energía y la carga de significado de la roca… Os lo cuento en el próximo post.
¿Y cuántas personas están trabajando en ellos ahora mismo? Estas y otras preguntas fruto de la curiosidad infatigable del periodista Óscar Hernández le han llevado a escribir dos muy buenos reportajes sobre la vida a bordo de un avión. El primero de esos reportajes “10.000 aviones sobre nuestras cabezas” responde a las dudas que dan título a este post. Tuve el placer de aportar unas declaraciones para Óscar en este artículo.
El segundo de los reportajes se titula “Detrás de la cortina” y narra cómo es el trabajo de la tripulación de un vuelo transatlántico. Lo mejor del reportaje es ver cómo se organiza la tripulación, que hacen antes y qué hacen después del vuelo. Es la parte humana que los pasajeros no vemos, y que sin embargo, es importantísima para nosotros: nuestra seguridad y nuestro confort a bordo dependen de estas pautas.
Te recomiendo la lectura de los dos artículos, en el caso del segundo, acompañado de un ilustrativo vídeo:
Prefiero no desvelarte mucho más en este post: los artículos de Óscar serán mucho mejores que lo que yo te pueda contar
Si te has pasado por Crónicas Viajeras de vez en cuando ya conocerás mi debilidad por la cocina japonesa. He comentado aquí restaurantes japoneses en Tahití, en Sydney, en Santiago de Chile o en Lisboa. Lo que no me imaginaba es que me encontraría uno de los japoneses más originales a los que puedas ir muy cerquita: en Donosti (San Sebastián). Se trata de Txubillo (C/Matia 5, bajo, Donosti, 943211138) , un restaurante que sirve cocina vasca, cocina japonesa y algunas piezas de la fusión de ambas.
Tengo la suerte de ir a Donosti a menudo, mi empresa tiene allí su sede. Y tengo la suerte de tener compañeros de trabajo a los que gusta comer bien. Así que siempre que voy, acabo metido en alguna pitanza digna de mención. Cuando me dieron a elegir entre varias opciones y vi que una era un vasco-japonés, no me lo pensé: yo quería verlo.
Y debo decir que la experiencia fue muy buena. El pequeño local no es el espacio minimalista zen que suele regir los restaurantes japoneses, sino que parece una taberna más de una zona agradable de Donosti. Pero en cuanto uno mira a la pizarra con las especialidades del día ya ve que la cosa promete: lo mismo tienes un muy vasco bacalao gratinado con crema de ajo, que un muy japonés “buta no kakuni” que un muy… ¿rollitos de chistorra?
Nosotros nos decidimos por una degustación de sushi, que estaba pero que muy bien…
Una sublime y muy recomendable Anguila asada (Unagi no kabayaki)
Y una interesante panna cotta de té verde para suavizar el tema…
(Una vez más compruebo que no sé hacer buenas fotos con el iphone, ahora que tengo reparada mi estimada mini Sony me quedo más tranquilo)
Mi curiosidad era saber si en la cocina había dos cocineros (una para las especialidades vascas y otro para las japonesas), o un vasco que sabía cocinar japonés, o un japonés emulando a Karlos Arguiñano. Resulta que el restaurante lo regenta una pareja japonesa. Él era bombero en su país y vino a Donosti a aprender cocina vasca. Parece que la fusión entre la tierra del sol naciente y el país de los aizkolaris era pues automática: “Producto de aquí que ayuda a sabor de Japón” en palabras de Hitoshi, el cocinero…
Sin ser un experto, a mi me pareció un restaurante muy recomendable. Y por lo que he visto después en blogs de cocina como “Lo que coma Don Manuel” o en blogs de verdaderos especialistas en cocina japonesa como Comer Japonés (incluye un reportaje de España Directo en vídeo) veo que no voy desencaminado. También hay muy buenas referencias en TripAdvisor y en 11870.
Mis mejores deseos para Akari Yoshida y Hitoshi Karube (que se conocieron en Donosti), espero que sus familias estén bien tras el reciente terremoto en su país…
Gracias a una acción promocional de Gillette, hace pocos días tuve la ocasión de poder navegar un rato cerca de Barcelona en el Mirabaud: un velero tipo IMOCA, igualito a los que están dando la vuelta al mundo en la Barcelona World Race. Y no sólo eso: con la ayuda de regatistas como Natalia Via-Dufresne y Sergi Tena, incluso pude estar al timón de esta maravilla de barco unos minutos.
Hace años tuve la oportunidad de practicar la vela unos días, navegando en Altea y alrededor de Ibiza, y sin ser ningún experto en este campo, noté una enorme diferencia entre aquel velero y este verdadero bólido del mar. Uno tiene la sensación de que prácticamente vuela sobre el agua. Es esa sensación de deslizamiento suave la que buscaba inspirarnos Gillette y que relaciona esta invitación con el lanzamiento del sistema de afeitado Gillette Fusion ProGlide.
En el casco vacio del barco, destaca un modesto asiento para controlar los instrumentos con los que los navegantes del BWR están en contacto con el mundo
La marca invitó a una veintena de blogueros a visitar el Centro de Interpretación de la Barcelona World Race, donde entre otras cosas, Oscar Trías (FNOB) nos contó cómo se organizan los regatistas de esta vuelta al mundo a vela para comer.
En una regata como está, cada kilogramo de peso cuenta, y las tripulaciones salen de puerto con comida liofilizada para aguantar esta travesía sin escalas. Grabé unos cuantos vídeos en el centro y a bordo del barco con una cámara minoHD (gentilieza de la Gillette también), espero que te gusten:
Cuentan que el vino en Chile es una cuestión de fe: la llegada de los españoles trajo la fe católica, que necesitaba del vino para el sacramento de la eucaristía, la sangre de Cristo. Se atribuye al sacerdote Francisco de Carabantes la plantación de las primeras cepas en 1548 en Concepción. Y menos mal, por que la calidad de los vinos chilenos es excelente, al paladar de un profano como yo.
Las fértiles tierras chilenas y un clima favorable hicieron que la producción creciera tanto que la Corona española prohibió a la Colonia producir más vino durante décadas de mediados de los siglos XVII y XVIII, pero los chilenos no hicieron mucho caso. Mejor. Pero no es hasta la mitad del siglo XIX cuando las antiguas cepas españolas dejan espacio al cabernet, merlot, pinot, riesling o suavignon, que trae el pionero Silvestre Ochagavía Echazarreta, al que luego imitan muchos más.
Casona estilo colonial de Bodegas Viña Concha y Toro
Chile está además protegido por barreras naturales que impidieron la llegada de la plaga que arrasó los viñedos europeos, la filoxera. El frío del polo al sur, el calor del desierto de Atacama al norte, los Andes al oeste y el Pacífico al este aíslan y protegen las cepas. Tan terrible fue el ataque de la filoxera (originaría de Norteamérica, donde no llega a matar las cepas), que la producción europea tuvo que recurrir a cepas americanas, injertando sus variedades sobre las raíces del nuevo mundo, resistentes a la plaga. El vino llegó a América a través de los europeos, y los americanos nos devolvieron el favor luego. En todo caso, el apunte histórico viene a explicar por qué los chilenos presumen de tener cepas no injertadas. Por ejemplo, es el único país que puede presumir de tener carmenere original, no injertado.
Instalaciones de Concha y Toro
Uno de los pioneros que siguió lo pasos de Ochagavía al traer cepas europeas a Chile fue el fundador de las Bodegas Viña Concha y Toro, Don Melchor de Concha y Toro, que las trajo a Chile en 1883. De las tres bodegas que tuve el placer de visitar en Chile, estas son las que me parecieron más interesantes…
Hoy, Concha y Toro cuenta con 8.000 hectáreas de viñedos en varias zonas del Chile, desde la Serena en el norte al río Maule en el Sur y exporta a 130 países. Son propietarios también de otras 900 ha. en Argentina. De su producción, prácticamente el 70% del tinto se produce con Cabernet Suavignon, el 70% del blanco es a base de Chardonnay y los porcentajes restantes se dividen en otras 24 variedades. Me quedé con ganas de ver el muestrario de cepas que tienen para las visitas en una época del año en la que se pudiéramos apreciar más las diferencias…
Muestrario de las 26 cepas diferentes que cultiva Concha y Toro
Cada hectárea produce unos 5 ó 6 toneladas de uva, que se traduce en 5 ó 6 mil botellas. Para haceros una idea, se exportan 12 millones de cajas al año, con 12 botellas por caja.
Hay dos marcas bastante populares de vino que pertenecen a Concha y Toro: la llamada Trio (por estar formada de carmenere, merlot y cabernet) y “El casillero del Diablo“, nombre que proviene de una leyenda relacionada con Don Melchor de Concha y Toro.
Interior del Casillero del Diablo
El magnate se hizo construir una bodega para guardar sus mejores caldos, una reserva personal. Un detalle llamativo que no escapó a quienes de vez en cuando sisaban alguna botella de la reserva de Don Melchor. El astuto propietario, consciente del carácter supersticioso de quienes podían darse a tales hurtos, hizo correr la leyenda de que el Diablo en persona visitaba a menudo su Casillero, lo que parece que mantuvo lejos a los amigos de lo ajeno y estabilizó el inventario.
Gracias a Robert desde aquí por su guía de los viñedos.
Unos apuntes prácticos, por si os queréis acerca a visitar las bodegas: están cerca de Santiago, apenas a una hora, en la localidad de Pirque. Hay dos modalidades de visita: recorrido guiado, degustación de dos vinos y copa de regalo grabada (7.000 pesos, unos 11 €), o tour guiado de casi una hora, degustación dirigida por un sommelier, cuatro vinos a degustar, acompañados de quesos, frutos secos y panes y la copa de regalo (16.000 pesos)
En el próximo post os explicaré la interesante cata guiada que pudimos degustar en esta bodega, con varios vinos de la gama Marqués Casa de Concha.
No me gustan los vídeos “bonitos” de viajes. No me gustan los montajes que hacen ver que algo es paradisíaco y precioso, cuando también tiene un lado feote, como todo. Si en formato foto me esfuerzo por intentar un encuadre atractivo, por sacar un aspecto llamativo o gráficamente atractivo, en vídeo me gusta dejar que la cámara saque los grises, que la realidad se revele, por que eso es lo que verá el viajero también, por que eso es la realidad…
Me gusta dejar la cámara más o menos fija y ver qué pasa mientras se mueve el medio de transporte en el que estoy. Es un poco como mirar por la ventanilla mientras te desplazas. El ojo capta más que la cámara, siempre, pero sólo una vez. En este tipo de vídeos, la ventaja de la grabación es que puedes volver a ver lo que creías haber visto, para descubrir cosas nuevas, detalles que se te pasaron por que había algo más especial que mirar.
Me gusta la luz del anochecer, una luz complicada gráficamente. Me gusta cuando algo empieza de día y acaba de noche, por que ofrece dos miradas muy diferentes del mismo sitio. Para vídeos así, comprimidos para youtube, low fi total, ruidosos, casi pixelados, añade una capa difuminante, ensucia lo justo…
Es muy posible que no te guste el vídeo, pero no me disculpo. Muchos esperan ver en los blogs de viajes sólo postales bonitas, y este no es un vídeo-postal-bonita. Son unos minutos de anochecer en una preciosa ciudad chilena por calles no tan preciosas, en un taxi nada precioso. Y sin embargo, me gusta y espero que a algunos de los que venís por aquí también os guste.
La música es de Mogwai, creo que le va muy bien a los giros de las calles empinadas, a los perros que ladran a los faros, a ese invierno creciente en la ciudad, a los vivos colores ahora apagados por la noche que llega…